Los Angeles Lakers se quedaron con la segunda final.
Junio 7, 2009
Los Angeles se impuso en casa por 101-96, en tiempo suplementario, y se colocó 2-0 frente a Orlando Magic en las finales de la liga más importante del mundo. Kobe Bryant fue la figura de los ganadores con 29 puntos y ocho asistencias.
Los Angeles Lakers sufrieron en un Staples Center colmado, pero finalmente lograron el segundo triunfo en las finales de la NBA contra Orlando Magic y quedaron más cerca de un nuevo título. Se impusieron por un apretado 101-96 en tiempo suplementario, luego de igualar 88-88 en el periodo regular.
Fue un encuentro extremadamente parejo y cerrado, en el que ninguno de los dos pudo alejarse en el marcador. El conjunto local tuvo ventaja de cinco unidades al cierre del primer tiempo, pero la visita se mostró más firme en el tercer capítulo y llegó al cuarto con diferencia de dos. Ambos tuvieron la chance de ganarlo, pero fallaron en el momento clave.
Kobe Bryant tomó la responsabilidad a falta de nueve segundos, encaró el aro, saltó para buscar el triunfo y Hedo Turkoglu consiguió un tapón importantísimo para darle la última a su equipo. Con seis décimas, Courtney Lee se elevó tras una asistencia, tomó el balón y lanzó contra el tablero, pero su disparo no entró y la acción se definió en el suplementario.
Allí, Los Angeles estuvo más preciso en la pintura y se quedó con la victoria. El español Pau Gasol, quien culminó con 24 puntos y diez rebotes, fue clave sobre el final al concretar una bandeja tras una asistencia de Bryant y anotar tres libres. Kobe, en tanto, finalizó con 29 puntos, ocho asistencias y cuatro rebotes.
Por el lado de los Magic, Rashard Lewis, el máximo anotador del partido, totalizó 34 tantos, once rebotes y siete asistencias. Turkoglu terminó con 22 unidades, seis rebotes y cuatro asistencias, mientras que Dwight Howard hizo 17 unidades, 16 rebotes, cuatro rebotes, cuatro robos y cuatro bloqueos
Sexto triunfo sobre siete de la dupla Button-Brawn
Junio 7, 2009
Llegó a sacar casi medio circuito de ventaja a la dupla de los Red Bull. Se relajó en el giro final y encaró la última recta zigzagueando. Sólo por eso arribó ajustado en los relojes. Sus mecánicos casi se tiran de cabeza en la pista para festejar el banderazo. Se tropezó al bajar de su arma letal y después sonrió como un chico en cada felicitación. No sólo se tomó todo el champagne. Se bañó entero con él…
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Sin igual. El 30 de mayo del 2004, Michael Schumacher ganaba en Nürburgring la sexta de siete carreras de la temporada. Luego llegaría primero en siete más para clavar el récord de 13 en una temporada. Ross Brawn era, por entonces, uno de sus mejores amigos, además de su jefe de equipo en Ferrari. La escudería del Cavallino también facilitaría dos victorias de Rubens Barrichello. Fueron 15 en total. Sumaron 262 puntos contra del BAR, su escolta. Aplastante.
Un lustro después, Jenson Button ganó ayer en Turquía, también la sexta de siete en la temporada, a bordo de un Brawn GP, team que solamente exhibe esas siete competencias en su currícula. Pasaron cinco años. La F 1 es otra categoría. Como que el inglés va por su primer título y el alemán en ese 2004 conseguía el séptimo. Lo hacía en la escudería con más historia, la que iba derecho a su 14° torneo de constructores…
La diferencia. El año pasado, McLaren y Ferrari pelearon palmo a palmo el torneo y Lewis Hamilton se lo ganó a Felipe Massa por un punto. Se dijo que empujada por la crisis internacional, la FIA implementaría cambios reglamentarios y que los equipos chicos emparejarían sus posibilidades con los dos grandes monstruos y que la F 1 presentaría carreras peleadas cada centímetros. Les salió el Button por la culata… Y eso que no llegaron a introducir la fórmula de consagrar como campeón al que ganase más carreras en el año…
Espejismo. En Estambul, el bueno de Sebastian Vettel les había arrebatado la pole. Su Red Bull pesaba seis kilos menos que el auto de Button. La lógica auguraba una inicial escapada del alemán y que después Dios dispusiera cuál sería la mejor estrategia. El inglés aceptó el reto, estacionó lateado su auto y, en efecto, se lanzó a no perderle pisada. Ni siquiera él sospechaba que Vettel soportaría la presión apenas una decena de curvas. Justamente en la 10 el auto se le fue un par de metros de costado al pasto. Lo suficiente para acabar con el suspenso. Button sólo dejaría la punta durante menos de una vuelta: la de su primer reabastecimiento, hasta el de Mark Webber. Ni siquiera la entregaría en su segunda entrada a los pits. Vettel, el gran perdedor de la carrera, el que más la laburó, debió entrar tres veces a cargar combustible y apenas llegó tercero. Destilando furia.
La otra Fórmula 1. Durante el fin de semana se reunieron los popes de las escudería que rechazan con fruición las rebajas presupuestarias que pretende imponer Max Mosley. Incluso circuló la versión de que ya en Estambul se concretaría el anunciado boicot y apenas largasen, la mayoría de los coches se irían a boxes. La lectura: “Sin nosotros la F 1 no será sino otra categoría”.
Jenson Button no tiene los pergaminos de Schumacher, ni Ross Brawn los euros ni la tradición de Ferrari o McLaren. Ni siquiera usa el pomposo KERS. Pero nadie le sacó tanto jugo al reglamento y usa como él, el humilde difusor, para aplastar a todos los rivales. Sólo se les atreve Red Bull, un team que necesita un nombre prestado por empresa de bebidas energizantes. Son ellos la F 1 actual. La nueva categoría ya llegó.
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Tiene cara de pibe travieso aunque ya va por los 29. Todavía empapado festejó con cada integrante de su equipo. Abrazó a Brawn como a su padre, el que volvió a enfrentar a la cámara y a enumerar con los dedos los seis triunfos de su nene. Ese nene que apunta a ser el nuevo campeón del Mundo. Un campeón impensado hace pocos meses. Un campeón de otra categoría…
Histórica victoria de Roger Federer en Francia
Junio 7, 2009
Es el día. Llegó. La devolución de Soderling queda en la red. El deseo es realidad. La historia le hace una reverencia. El hombre fluye. Se deja caer. Sus rodillas tocan ese polvo de ladrillo tan esquivo. La raqueta, compañera de emociones, rebota a un costado. Las manos buscan a esos ojos llorosos, los tapan, los liberan, los ayudan a ver. Todo sucede en cámara lenta. Hay, cómo explicarlo, un silencio ensordecedor que envuelve a Roger Federer, una cápsula que lo aísla de la explosión que acaba de vivir el Philippe Chatrier, del griterío, de todo. Es él y su momento. El y su diálogo íntimo con la eternidad. Shockeado, se para, saluda a Soderling, al juez. Chau vincha. Alza sus brazos. Mira hacia el cielo, ese cielo que es suyo y que lo saluda, lo venera y lo recibe con lágrimas de emoción. Porque para hacer más épica la conquista, llueve. Bienvenido al paraíso.
“Todo el tiempo mi mente se hacía preguntas durante el partido, volaba. ¿Qué pasa si…? ¿Qué pasa si gano el torneo? ¿Qué significaría?”.
Significa que el limbo le da un pase libre para la eternidad. El suizo acaba de ganar, por fin, Roland Garros. Póker. Conmocionado, se sienta en su silla, pero enseguida se para y vuelve a saludar, como para chequear que sí, que aunque todo sea demasiado perfecto, es real. Andre Agassi, el último en conseguir los cuatro títulos de Grand Slam (además, en esa elite están Fred Perry, Donald Budge, Roy Emerson y Rod Laver), le entrega el trofeo, la Copa de los Mosqueteros está en buenas manos, y el suizo la acaricia, la besa, la acurruca. Suena el himno suizo y llora, una vez más, lágrimas de campeón. Ya alcanzó a Pete Sampras y sus 14 conquistas, en apenas seis años, la mitad del tiempo que le tomó al yanqui, pero en todas las superficies, y va por más.
Empieza a sonar un punchi que el público acompaña con las palmas. En las pantallas gigantes se muestra un video. Roger lo mira de reojo. ¡Aparece Vilas, con remera blanca y vincha negra! También Noah, Guga y Nadal. Y un instante después, Federer se hipnotiza con el rostro que se impone en el final del clip. No, no está parado frente a un espejo. Es él ante su destino. Habla, agradece, sonríe, llora. Cada vez llueve más fuerte. Fotito por acá, con todos, solito, besando el trofeo, sentado. Si de él dependiera, podría pasar la noche entera ahí mismo.
“Siempre, incluso después de perder una semifinal y tres finales, creí que podía ganar aquí”, explicaría luego en la conferencia de prensa, vestido con una campera blanca con el 14 en la espalda. Ese concepto es lo que hace la diferencia, en definitiva, entre los muy buenos y los grandes. Así encaró el duelo decisivo ante Soderling. En la noche anterior observó en su habitación los DVDs de los últimos dos choques con el sueco, pidió servicio de cuarto, cenó con Mirka y leyó un poco. Como cualquier mortal. Horas después, barrió a su rival, lo hizo parecer descoordinado, como si esos palazos potentes con los que había mandado a casa a Nadal no fueran más que cebitas para el suizo. Drops burbujeantes, que encendieron aún más a la gente. Un primer set aplastante. Buenos ángulos y decisión en la red. Soderling revivió, empezó a bancar el ritmo. Federer se fue un poco de la cancha cuando un intruso se metió. Hubo tie -break. “El mejor que jugué en mi vida”, contó Roger, que clavó cuatro aces para el 7-1. En el tercero alternó ratos de tensión con salidas lúcidas, exquisitas.
Pero llegó ese saque ganador, ese drive imperfecto de Soderling, ese 6-1, 7-6 (1) y 6-4 que le abrió las puertas del cielo… Y que lo hizo inmortal. Leyenda.
Nuevo portal del Fútbol Uruguayo : www.urugol.com
Junio 1, 2009
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